Una charla de Renée García Orozco

Iniciamos con una pregunta que parece sencilla, pero que ha intrigado a la humanidad durante siglos: ¿qué es la luz? La charla, enmarcada en el Año Internacional de la Ciencia y Tecnología Cuánticas, fue un recorrido por la historia, los experimentos y las ideas que hoy nos permiten entender cómo, gracias a la luz, conocemos el universo.

En el día a día nos enfrentamos con un problema fundamental: si no podemos viajar a las estrellas para tomar muestras, ¿cómo sabemos de qué están hechas, a qué distancia están o si se mueven? La respuesta es corta y sorprendente: todo lo que sabemos del cosmos lo sabemos gracias a la luz y a la forma en que aprendimos a interpretarla.

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Una pregunta antigua con respuestas cambiantes

La idea de qué es la luz ha cambiado con el tiempo: Civilizaciones antiguas, como la griega, la india o la china, ya reflexionaban sobre cómo llegaba la luz a nuestros ojos. Sin embargo, fue en el siglo XVII cuando el debate tomó forma científica.

Christiaan Huygens propuso que la luz era una onda, algo similar a las ondas que se forman en el agua. Isaac Newton, en cambio, defendía que la luz estaba formada por partículas, basándose en sus experimentos con prismas, donde observó cómo la luz blanca se separa en colores. Durante mucho tiempo, la autoridad de Newton inclinó la balanza hacia la idea de las partículas.

La luz blanca del Sol, explicó Renée, contiene todas las longitudes de onda visibles. El arcoíris es una prueba cotidiana de ello: las gotas de lluvia funcionan como pequeños prismas que separan la luz en colores.

El experimento que cambió la historia

En 1801, Thomas Young realizó un experimento clave usando dos rendijas. Si la luz fuera solo partículas, se esperaría que pasaran en línea recta. Pero lo que observó fue un patrón de franjas claras y oscuras, un fenómeno llamado interferencia, típico de las ondas. Para hacerlo más intuitivo, Renée comparó este efecto con las ondas en el agua, donde al cruzarse se forman zonas de refuerzo y de cancelación.

Este experimento inclinó nuevamente la balanza: la luz se comportaba como una onda.

Ondas, campos y un problema inesperado

Durante el siglo XIX, científicos como Faraday demostraron que la luz podía verse afectada por campos magnéticos. James Clerk Maxwell reunió estas ideas en sus famosas ecuaciones, mostrando que la luz es una onda electromagnética. Todo parecía encajar… hasta que dejó de hacerlo.

Alrededor de 1900 surgió un problema grave al estudiar cómo los objetos calientes emiten luz. Las ecuaciones clásicas predecían que, a ciertas frecuencias, la energía emitida debería volverse infinita. Este resultado absurdo se conoció como la catástrofe del ultravioleta.

Planck, Einstein y el nacimiento de la cuántica

Max Planck propuso una solución audaz: la energía no se emite de manera continua, sino en pequeños paquetes o escalones llamados cuantos. Esta idea implicaba que la luz solo podía intercambiar energía en valores específicos, relacionados con una nueva constante fundamental, hoy conocida como la constante de Planck.

Albert Einstein llevó esta idea más lejos al explicar el efecto fotoeléctrico, observado originalmente por Hertz. Cuando cierta luz incide sobre un metal, puede expulsar electrones. Einstein mostró que esto solo ocurre si la luz tiene la energía adecuada, es decir, si sus cuantos son lo suficientemente energéticos. Este trabajo le valió el Premio Nobel.

Con estas ideas nació una nueva forma de entender la luz: no es solo onda ni solo partícula. Es ambas cosas a la vez. A este comportamiento se le llama dualidad onda-partícula.

¿Y eso en qué nos afecta?

Comprender la naturaleza cuántica de la luz no es solo un logro intelectual. Gracias a ello, hoy podemos saber de qué están hechas las estrellas y los planetas.

En los átomos, los electrones solo pueden ocupar ciertos niveles de energía. Para saltar de uno a otro, necesitan absorber un fotón. Cuando regresan a un nivel más bajo, emiten un fotón con una energía específica, que corresponde a un color particular. Cada elemento químico tiene su propio “patrón” de colores.

Las estrellas, explicó Renée, son enormes esferas de gas caliente que emiten luz blanca. Al atravesar capas más frías de gas, parte de esa luz es absorbida. Al analizarla con un espectrómetro, se obtiene un espectro con líneas oscuras y brillantes que revelan qué elementos están presentes.

Renee Espectro D

Estos espectros permiten saber la composición química de estrellas y planetas, la densidad de los gases e incluso si un objeto se acerca o se aleja de nosotros, gracias al efecto Doppler.

De los fotones a las imágenes del cosmos

La charla también mostró cómo estas ideas se traducen en tecnología. Las cámaras CCD, usadas en astronomía, funcionan gracias al efecto fotoeléctrico. Cada fotón que llega puede liberar un electrón, y esa señal se convierte en información digital.

Un ejemplo impresionante fue la imagen de la galaxia de Andrómeda, ubicada a 2.5 millones de años luz. Para obtenerla con el nivel de detalle actual se necesitaron alrededor de diez años de observaciones y un mosaico de 2.5 billones de píxeles.

Andromeda

Una luz que nos explica el universo

Al final, la idea central quedó clara: la mecánica cuántica transformó nuestra comprensión de la luz y, con ello, nuestra manera de observar el universo. Cada fotón que llega a un telescopio trae consigo una historia escrita en energía y color. Aprender a leerla ha sido una de las mayores aventuras científicas de la humanidad.


 
Renée García Orozco es Licenciada en Nanotecnología por la UNAM, ha participado en proyectos de síntesis de nanopartículas, estudio de catalizadores y degradación de plásticos. 
Renée es una entusiasta divulgadora de la ciencia a través de su canal de Instagram: @froggyscience.