Vivimos acompañados de huéspedes que nunca invitamos. No ocupan espacio visible ni pagan renta, pero están en el agua que bebemos, en los alimentos que comemos y hasta en nuestros huesos. Son átomos “incómodos”: elementos químicos que pueden ser necesarios en pequeñas cantidades o peligrosos en exceso, y cuya historia comienza mucho antes de la Tierra, en explosiones de estrellas lejanas.
En la charla “Huéspedes incómodos”, el doctor Marco Antonio Chávez Rojo propuso un viaje poco común: desde la física de las supernovas hasta los efectos de ciertos elementos en el cuerpo humano, mostrando cómo el Universo, la historia y la salud están profundamente conectados.
Elementos pequeños, efectos grandes
Nuestro cuerpo está formado principalmente por unos cuantos elementos bien conocidos, pero también necesita pequeñas dosis de otros llamados oligoelementos. Entre ellos están el hierro, el litio, el níquel o el cobalto. En total, no pasan de unas cuantas decenas y cumplen funciones esenciales.
El problema aparece cuando hablamos de los llamados metales pesados. Algunos de ellos, como el plomo, el mercurio o el arsénico, pueden resultar tóxicos para el cerebro, los riñones, el hígado y otros órganos. No es algo raro o lejano: estamos expuestos a estos elementos en la vida cotidiana.
El arroz, por ejemplo, puede acumular plomo y arsénico en su cáscara debido al agua con la que se cultiva. En el océano ocurre algo similar: el mercurio se va concentrando conforme avanzamos en la cadena alimenticia. Mientras más grande es el pez, mayor suele ser la cantidad de mercurio que contiene.
Entre la ciencia y los mitos
El mercurio ha estado rodeado de polémicas. Durante años se utilizó un compuesto llamado timerosal como conservador en algunas vacunas, lo que dio origen a la falsa idea de que las vacunas causaban autismo, un mito que hoy está científicamente refutado.
Lo que sí ocurrió es que, durante buena parte del siglo XX, muchas personas —especialmente niños— estuvieron expuestas a otras fuentes reales de toxicidad, como el plomo presente en pinturas y combustibles. Estas exposiciones, silenciosas y acumulativas, sí tienen efectos comprobados en la salud.
¿Y la clorofila?
Durante la charla se mencionó que algunos atletas y personas consumen clorofila o jugos verdes con la idea de “atrapar” metales pesados en el cuerpo. Esta afirmación suele aparecer con frecuencia en la divulgación popular y vale la pena ponerla en contexto.
La clorofila está presente en todos los vegetales verdes y tiene propiedades nutricionales importantes. Sin embargo, desde el punto de vista médico, no se considera un agente quelante en el sentido estricto. Los agentes quelantes clínicos son sustancias específicas, usadas bajo supervisión médica, diseñadas para unirse a metales pesados y facilitar su eliminación en casos de intoxicación.
Dicho esto, la idea no surge de la nada. En estudios ambientales y de laboratorio, se ha observado que plantas ricas en clorofila pueden acumular metales pesados, y que la clorofila puede interactuar con ciertos iones metálicos en condiciones controladas. El matiz importante es que ese comportamiento no se traduce automáticamente en un efecto de “desintoxicación” dentro del cuerpo humano al consumir jugos verdes o suplementos.
En otras palabras, tomar jugo verde no sustituye un tratamiento médico, pero tampoco es una ocurrencia sin fundamento: refleja un intento, a veces simplificado, de relacionar alimentación, química y salud.
Metales que nacen en estrellas
Si le preguntamos a un astrofísico qué es un metal pesado, la respuesta cambia. En astronomía, todo elemento más pesado que el hidrógeno y el helio se considera metal. Y aquí aparece una idea fascinante: dentro de las estrellas normales no se pueden formar elementos más pesados que el hierro.
La razón está en la energía. Cuando núcleos pequeños se fusionan, liberan energía. Pero a partir del hierro, fusionar núcleos ya no produce energía, sino que la consume. Por eso, los elementos más pesados solo se forman en eventos extremos: las supernovas, explosiones estelares capaces de crear núcleos enormes en instantes brevísimos.

Nuestro Sol no está produciendo estos elementos ahora. Es una estrella de tercera generación. Todo el hierro, el plomo o el oro que existe en la Tierra proviene de estrellas que explotaron mucho antes de que el sistema solar se formara.
Cuando la energía extrema llegó a la Tierra
La Tierra también ha sido escenario de energías comparables, aunque por causas humanas. Tras la primera prueba nuclear en 1945, partículas radiactivas viajaron cientos de kilómetros. En una planta de Kodak, lejos del sitio de la explosión, aparecieron puntos extraños en el papel fotográfico. No era un error de fábrica: eran rastros de productos de fisión transportados por el viento.
Las pruebas nucleares contaminaron grandes regiones. Muchos niños bebieron leche de vacas que habían pastado en campos con material radiactivo. Algunos isótopos desaparecen rápido; otros, como el estroncio-90, tienen vidas medias de décadas y pueden sustituir al calcio en los huesos.
De hecho, los niños nacidos a principios de los años sesenta llegaron a tener concentraciones de estroncio-90 decenas de veces mayores que las generaciones anteriores.
Fechar el tiempo con átomos
Paradójicamente, esa contaminación dejó marcas útiles. El estroncio-90 permite hoy fechar vinos: si no aparece, es anterior a los años sesenta. Algo similar ocurrió con el carbono-14, cuya concentración atmosférica se alteró por las pruebas nucleares, obligando a ajustar los métodos de datación.
Durante siglos, los científicos intentaron calcular la edad de la Tierra con métodos indirectos. Usaron mareas, sales en los océanos y enfriamiento del planeta. Todos obtenían edades de apenas millones de años.
La radioactividad cambió el panorama. Muchos elementos inestables terminan convirtiéndose en plomo. Comparando la cantidad de uranio con la de plomo, fue posible calcular la edad real del planeta: unos 4 550 millones de años.
El plomo, un huésped especialmente peligroso
Ese mismo estudio reveló algo inquietante: la enorme contaminación por plomo generada por la actividad humana. El plomo daña la mielina que protege las neuronas, está relacionado con enfermedades cardiovasculares y provoca plumbismo. Estudios estadísticos han encontrado correlaciones entre altos niveles de plomo ambiental y mayores tasas de violencia en algunas regiones.

Aprender del Universo… y de nosotros mismos
La charla cerró con una reflexión sencilla: conforme entendemos mejor el Universo y aprendemos de dónde vienen los átomos que nos rodean, también debemos aprender a convivir con ellos con mayor responsabilidad.
Los “huéspedes incómodos” llegaron desde estrellas que explotaron hace miles de millones de años. Nuestra tarea no es temerles ni idealizar soluciones milagro, sino comprenderlos y evitar dejar más basura química de la necesaria en el único planeta que habitamos.
El Dr. Marco Antonio Chávez Rojo es miembro del claustro de profesores de la Facultad de Química de la Universidad Autónoma de Chihuahua, miembro del Sistema Nacional de Investigadores con una larga trayectoria como investigador y docente.