Una charla de Daniel Nevárez Escárcega
Cuando hablamos de ciencia solemos pensar en telescopios, laboratorios y ecuaciones. Sin embargo, rara vez nos detenemos a reflexionar sobre algo más elemental: qué es la ciencia, de dónde surge y sobre qué bases se construyó. La charla “Los orígenes de la ciencia” propuso justamente ese ejercicio: mirar hacia el pasado para entender cómo el ser humano pasó de explicar el mundo con relatos míticos a hacerlo mediante la razón.
Los primeros saberes: observar para sobrevivir
Los orígenes del conocimiento humano están ligados a la necesidad. En la región conocida como la Media Luna Fértil, alrededor del año 7000 a. C., las civilizaciones de Mesopotamia observaron con atención los ciclos del cielo y de la naturaleza. Gracias a ello pudieron anticipar las épocas de siembra y cosecha. Algo similar ocurrió en el antiguo Egipto, donde las crecidas periódicas del Nilo marcaban el ritmo de la vida agrícola y social.
Estas culturas desarrollaron conocimientos prácticos notables. En Mesopotamia se utilizaba el sistema sexagesimal, que aún hoy está presente en la forma en que medimos el tiempo y los ángulos. En Egipto se conocían procesos como la fermentación y la elaboración del pan. Había observación empírica, experiencia acumulada y técnicas eficaces.
Sin embargo, aunque estos saberes eran valiosos y sofisticados, todavía no constituían ciencia en el sentido formal. Faltaba una explicación racional y sistemática de la realidad, basada en causas y principios generales.
Del mito a la razón
Durante siglos, los fenómenos naturales se explicaron mediante mitos. El trueno, por ejemplo, era interpretado como la manifestación de un dios. Este modo de entender el mundo comenzó a transformarse hace unos 2,600 años en la antigua Grecia, cuando algunos pensadores dieron un paso decisivo: buscar explicaciones racionales para los fenómenos naturales.
En ciudades como Mileto, filósofos como Tales, Anaximandro y Anaxímenes comenzaron a separar la explicación del mundo de los relatos míticos. El rayo dejó de ser un castigo divino para convertirse en un fenómeno natural con causas que podían investigarse. Este tránsito del mito a la razón marcó un punto de quiebre en la historia del pensamiento humano.

En Atenas, aunque el entorno era agreste y la producción agrícola limitada, florecieron las ideas. El debate, la pregunta constante y la reflexión crítica se volvieron prácticas cotidianas. Ahí se gestó un ambiente intelectual que daría forma a la filosofía y, con ella, a la ciencia.
La sistematización del conocimiento
En este contexto aparecen figuras fundamentales como Sócrates y Platón, quienes impulsaron la reflexión crítica y el diálogo como herramientas para alcanzar el conocimiento. Pero fue Aristóteles quien realizó el esfuerzo más sistemático por definir qué es la ciencia y cómo debe construirse.
Aristóteles entendía la ciencia como un tipo de conocimiento racional que se organiza de manera ordenada y demostrativa. No se trata simplemente de acumular datos, sino de partir de principios fundamentales y, mediante la lógica, derivar conclusiones verdaderas. Su principal herramienta fue el silogismo, una forma de razonamiento deductivo que permite llegar a conclusiones necesarias a partir de premisas generales.
Este enfoque quedó plasmado en su obra Organon, donde desarrolla la lógica como instrumento del conocimiento científico. Por ello, más que el “primer científico” en el sentido moderno, Aristóteles puede considerarse el gran sistematizador de la ciencia antigua, alguien que dio estructura y método al conocimiento racional.
Principios, demostración y experiencia
Para Aristóteles, la ciencia se apoya en principios primeros: verdades básicas que son universales, causales y anteriores a las conclusiones que de ellas se derivan. A partir de estos principios, la ciencia construye demostraciones lógicas, llamadas apodícticas, que permiten obtener conocimiento verdadero.
Sin embargo, estos principios no se prueban de la misma forma que las conclusiones científicas. Se alcanzan mediante la inducción, es decir, a partir de la experiencia sensible y la observación de muchos casos particulares hasta reconocer algo universal. Esto conduce a una idea profunda y todavía vigente: la ciencia depende de fundamentos que ella misma no puede demostrar por completo y, por ello, necesita apoyarse en la filosofía y la lógica.
Preguntas y respuestas
¿Nace la ciencia en la modernidad?
Durante la charla surgió una pregunta recurrente: ¿la ciencia nace realmente en el Renacimiento? La respuesta es más compleja. Durante muchos siglos, el pensamiento científico estuvo condicionado por marcos dogmáticos. Las ideas que no encajaban con lo aceptado eran rechazadas de manera casi automática.
El Renacimiento y la modernidad temprana no inventaron la ciencia desde cero, pero sí impulsaron su sistematización, la observación controlada y el método experimental. En este sentido, la ciencia avanzó cuando el conocimiento práctico comenzó a ordenarse y explicarse de manera más rigurosa.
Se comentó una idea durante esta sección: el ser humano desarrolló primero tecnología y después ciencia. Es decir, aprendió a hacer cosas antes de comprenderlas plenamente. Esta perspectiva subraya que la ciencia progresa cuando el saber práctico se organiza y se reflexiona críticamente sobre él.
Lecciones desde otras culturas
En la charla se abordó también el caso de otras civilizaciones, como las orientales, donde existieron importantes avances técnicos y observacionales. No obstante, se señaló que en algunos contextos faltó una sistematización filosófica comparable a la desarrollada en Occidente.
Un ejemplo histórico que ayuda a matizar esta idea es la campaña de “las Cuatro Plagas” llevada a cabo en China a finales de la década de 1950, durante el gobierno de Mao Zedong. En ese programa se promovió la eliminación masiva de animales considerados dañinos para la agricultura, entre ellos los gorriones. La reducción drástica de estas aves provocó un desequilibrio ecológico que contribuyó a graves hambrunas entre 1958 y 1962.
Este episodio no refleja una ausencia total de ciencia, sino una comprensión incompleta de los sistemas naturales y de las relaciones ecológicas. Sirve como recordatorio de que la ciencia, cuando no se apoya en una visión crítica y sistemática, puede derivar en consecuencias inesperadas.
Una herencia que sigue viva
La charla concluyó con una idea central: aunque existieron saberes importantes en muchas civilizaciones antiguas, fue en la Grecia clásica donde la ciencia, entendida como conocimiento racional y sistemático, tomó forma. La ciencia nació de la filosofía y aún hoy depende de ella para definir sus métodos, sus límites y su sentido.
Incluso en su versión más moderna, la ciencia se apoya en principios fundamentales que no puede demostrarse a sí misma. Volver a sus orígenes no es un ejercicio de erudición, sino una forma de entender mejor qué es la ciencia y por qué sigue siendo una de las herramientas más poderosas que tenemos para comprender el universo.
Daniel es Licenciado en Economía y Filosofía, miembro de la Liga Astronómica desde 2023.
Daniel también liderea el grupo que organiza semanalmente las "Tardes Filosóficas", en el Corinto Café.